“La llamada del Anticristo” por Manuel Espitia

Escucho notas sutiles e intermitentes de violines, flautas y trompetas in crescendo. ¿Serán signos de que el juicio final está cerca? Estoy acostado en mi cama, pero no estoy dormido, ni despierto. No puedo moverme, solo abrir los ojos, mi biblioteca de enfrente se balancea, ¿estará temblando? Mi cerebro me envía la orden de voltearme hacia la derecha, pero mi cuerpo no hace caso, ahora a la izquierda, tampoco. Sudo, quiero quitarme el pijama, las cobijas, todo. Lo único que se mueve son mis ojos. Empiezo a rezar:

– Ángel de la guarda… ayúdame.

Respiro y me tranquilizo. Tiemblo con la biblioteca, con la cama, quiero gritar y tampoco puedo. Me rindo y me quedo dormido, paralizado en un sueño que no sueño. La música sigue. Por fin me levanto impaciente y escucho perfectamente “La cabalgata de las Valquirias” de Wagner. Con esa hermosa obra se acaba mi macabra lucha matinal.

¿Qué suena, será la alarma de mi padre? Voy a ver y cuando llego a su cuarto me doy cuenta que son las 11:11 de la mañana y que no es una alarma sino una llamada.

EL ANTICRISTO

Contesto con voz entrecortada:

– Si, ¿con quién?

– Habla el enemigo de dios.

– Si necesita a mi padre, le cuento que él no está.

– Lo necesito a usted, usted necesita creer en mí o más bien en usted y no en el Demiurgo.

Cuelgo.

Son las 15:28 horas y suena el timbre de mi casa, estoy solo. Abro la puerta y veo al Anticristo en persona. Un señor de edad con aspecto de ilustrado, nariz puntiaguda, cejas pobladas, pelo negro con canas, peinado hacia atrás, bigotes gruesos y abundantes. Lleva un portafolio en su mano izquierda, tiene gabán y zapatos negros. Se presenta, quitándose uno de sus guantes de cuero y dándome la mano, una mano fría, rígida, áspera.

– Friedrich.

– Stephan.

Tiemblo como un témpano de hielo cuando se derrite por el calentamiento global.

– “Mirémonos cara a cara, somos hiperbóreos. Sabemos muy bien hasta qué punto vivimos aparte. ‘Ni por mar ni por tierra encontrarás un camino que conduzca a los hiperbóreos’. Ya Píndaro supo esto mucho antes que nosotros”.

Lo escucho en silencio, casi sin entender y durante más de 2 horas. Son las 17:35, le digo que tengo que ir a Misa porque es domingo. Él me responde:

– Lo espero aquí.

Llego a la Iglesia y justo están rezando el padre nuestro, mi familia está ahí. Siento una energía extraña y no solo yo. Cuando terminan de rezar, el sacerdote dice:

– Entre nosotros hay una energía muy pesada.

Salgo corriendo de la Iglesia, ¿soy yo o es el Anticristo en mí? Me escondo en un parqueadero y me siento enfrente de un carro, mi corazón está agitado, mis piernas sienten escalofríos.

– Necesito una señal.

Espero un tiempo y no pasa nada. Vuelvo a casa. Sí, era mi juicio final. El Anticristo sigue ahí en la sala, riéndose de mí, ¿lo vio todo? Me río con él y luego sigue hablando.

– Ese ser en el que usted cree o bueno creía, ese Arquitecto del mundo, es el Demiurgo, ¿no le parece que debe estar riéndose de esos borregos también? Ese creador hizo con nosotros un experimento, nos metió a la cárcel, diseñó el mundo y en él creó este juego en el que estamos sometidos.

No dejo de escucharlo, no puedo refutarle nada. De pronto la luz se va en mi casa. Corro a mi cuarto y cierro la puerta. Por la ventana entra un frío como el de las montañas de Turín, el frío de las alturas. Afuera hay un farol encendido, su luz refleja las rejas de la ventana en la pared blanca de mi cuarto, la sombra forma una cruz negra y otra invertida en la misma figura. Friedrich ya no está. Cierro las cortinas. Golpean la puerta. No esperan a que yo abra. Mi padre empuja la puerta bruscamente y me ve sentado en la cama leyendo el libro de Nietzsche con la poca luz que hay. Me lo quita y dice:

– Este autor es de otro tiempo, un tiempo que ya no es, un tiempo tormentoso, es un hombre angustiado, un poeta maldito, un filósofo sospechoso que se volvió loco, no hay que creerle todo, porque siempre se contradice. Tiene que dejar de leerlo por un tiempo.

8 años después sigo esperando esa llamada que no recibiré, esa aparición que jamás experimentaré, esa posesión que nunca sentiré. Pero sé que cuando abro uno de sus libros, destapo de nuevo su espíritu libre y sigo creándole máscaras en el eterno retorno.

Banda sonora:

 

Foto Libro

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